Equilibrio del terror

El rescate de España no le conviene a nadie: ni a los rescatadores ni a la rescatada. Pero eso no significa que no sea necesario.

Hace un mes, el Eurogrupo presionaba a España para que pidiera el rescate. Ahora, de repente, ya no lo necesitamos. Como cuenta Miquel Roig en Expansión, los ministros de Economía de la eurozona mostraron este lunes una “unanimidad pasmosa”. La única disensión (también pasmosa) fue la de Luis de Guindos, que levantó tímidamente un dedo para puntualizar que el programa de compra de bonos del BCE sí que le parecía “fundamental”. ¿Y por qué no pide que se lo activen?

Cuando haces esta pregunta en La Moncloa, te responden que no quieren exponerse a un desaire. La ayuda debe pasar por los Parlamentos del club de la triple A y es probable que los diputados alemanes, y no digamos ya los finlandeses y los holandeses, la rechacen si no lleva aparejada duras condiciones. ¿De qué tipo? Una buena pista la ofrece el pliego de condiciones que se le impuso a Portugal en mayo de 2011.

El rescate portugués es el más reciente y se ha beneficiado de la desastrosa experiencia adquirida con Grecia. Los griegos serán todo lo informales que ustedes quieran y tienen buena parte de culpa en lo que les está pasando, pero no son los únicos que han incumplido el sacrosanto Tratado de Maastricht, como puede comprobarse aquí.  Si las cosas se les han torcido tanto es porque han sido los conejillos de indias de los aprendices de brujo europeos.

“Cuando estalla la crisis de la deuda”, me reconocía hace unos meses un funcionario de la Comisión, “nos encontramos con que no teníamos nada previsto. No había leyes, no había fondos, no había protocolos de actuación… No es que se tardara en activar los instrumentos, es que no había instrumentos que activar. No es que los alemanes no quisieran hacer nada, es que no sabían por dónde empezar”.

Otra ocurrencia feliz fue rechazar el asesoramiento del Fondo Monetario Internacional, que es el especialista mundial en rescates, porque la Unión no era una de esas despreciables economías emergentes.

El resultado fueron dos años de ensayos y errores (sobre todo de errores) y, cuando tú te dedicas durante dos años a hacer prácticas de conducción con un país, lo normal es que el experimento acabe en una desgracia, incluso aunque el punto de partida sea más aseado que la economía griega.

Con Portugal se ha dejado todo atado y bien atado. El pliego de condiciones no es una invitación genérica a la austeridad, sino una pormenorizada relación de medidas, y justamente de esas que Mariano Rajoy ha dicho por activa y por pasiva que no piensa adoptar: copago en sanidad, rebaja de las pensiones máximas y congelación de todas las demás, limitación de las indemnizaciones de despido a 10 días por año trabajado con un límite de 12 mensualidades, reducción del subsidio de desempleo a 18 meses…

Como comprenderán, un rescate de esta naturaleza no resulta atractivo para los rescatados. Dado que a los rescatadores también les da pereza poner dinero y que además la prima de riesgo se ha relajado, se ha formado algo parecido a un equilibrio del terror con el que podemos ir tirando.

Pero España sigue sin poder acudir a los mercados. La prima de riesgo ha caído porque el BCE ha ahuyentado a los especuladores. Ahora hay que atraer a los inversores y estos de momento se mantienen a una cautelosa distancia.

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