Defensa razonada del pelota

Al jefe conviene pasarle de vez en cuando el plumero. Aunque sus compañeros pongan mala cara, en el fondo agradecen que alguien calme a la bestia.

A pesar de sus legendarios recursos, los jefes están expuestos a todo tipo de contingencias desagradables: les cortan mal el pelo, sus ridículos perritos se les mean en las alfombras y las cigalas que comen escupen sustancias indelebles en sus corbatas de Hermès. “¿Y a mí qué?”, dirá usted. Pues a usted mucho, porque luego se llevan ese mal humor al trabajo y nos hacen la vida imposible. “Las emociones forman parte de lo que ocurre en una organización”, dice Sigal Barsade, una profesora de Wharton. Saltan de una persona a otro como un virus y moldean el clima general.

¿Influye eso en la marcha del negocio? Barsade asegura que “los sentimientos determinan los resultados”. Sus investigaciones en residencias de ancianos han confirmado que funcionan mejor cuando los empleados son positivos y comparten lo que llama una “cultura del amor”. Lo que pasa es que las residencias de ancianos son una clase muy especial de empresa, cuyo éxito depende en gran medida de conformar un entorno amable. Ésa no suele ser la norma. Otros estudios realizados en call centers no han hallado evidencia de que la gente rinda más cuando está contenta. Por lo que se refiere a mi experiencia personal, no quiero alarmarles, pero los periódicos de más éxito en los que he trabajado tenían un ambiente deplorable.

¿Significa eso que no debe importarnos si en nuestra oficina los puñales silban por los pasillos y las reuniones son como sesiones de wrestling? Todo lo contrario. Precisamente porque la lógica económica no exige que una empresa sea agradable para ganar dinero debemos esforzarnos por hacerla agradable. Eso crea una ventana de oportunidad para el pelota. En principio, no hay nada más letal para una organización. Plutarco ya advierte que el adulador penetra como la carcoma en la madera blanda y destruye soberanías y principados. Y Bob Woodward atribuía buena parte del desastre iraquí a los manejos de Rumsfeld para colocar al frente del Estado Mayor a un general complaciente, que jamás puso objeciones serias a su plan delirante de estabilizar el país con un puñado de marines.

Pero todas las criaturas, grandes y pequeñas, cumplen su misión en la naturaleza. Al jefe conviene pasarle de vez en cuando el plumero. Primero, porque el riesgo es mínimo: halagar la vanidad de un superior no ha perjudicado nunca a la carera de nadie. Y segundo porque, aunque pongan mala cara, los compañeros agradecen en el fondo que alguien calme a la bestia.

Publicado originalmente en La Gaceta de los Negocios.

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2 Respuestas a “Defensa razonada del pelota

  1. Emilio González Quirós

    Hay que ver que cosas escribes. Pareces un consultor de recursos humanos con un poquito de mala leche. Muy bueno.

  2. Los pelotas agradecerán que se valore su altruismo. ¡Sorry… nadie es pelota! Son los otros. Los jefes vanidosos creerán que sus subordinados no son serviles, al contrario, valoran su liderazgo. Tienes razón, todas las criaturas tienen una misión en la naturaleza, pero algunas repugnan. Sólo me provoca ternura el servilismo de los ojos (cinematográficos) de José Luis López Vázquez o de Alfredo Landa. El artículo muy divertido y afilado.

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