Convicciones profundas

¿Ha sido la crisis actual producto de un desgraciado accidente o estamos ante un homicidio negligente? 

Indecentes. Crónica de un atraco perfecto

Ernesto Ekaizer.

Espasa Calpe. Barcelona, 2012.

192 páginas. 15 euros.

 Está el personal que echa las muelas. Hace una semana, durante una inofensiva cena al borde de una piscina, a alguien se le ocurrió sacar el tema de la crisis. “¿Qué opinas tú de lo que está pasando?”, me dijeron. La experiencia me ha enseñado que la combinación de alcohol y amigos no es la más adecuada para el debate científico y, por lo general, suelo declinar este tipo de invitaciones. Aún no me explico por qué entré al trapo. Como era de esperar, acabamos a voces, echando a perder lo que hasta entonces había sido un agradable día de campo.

No quiero aburrirles con los detalles técnicos, pero el núcleo fundamental del desacuerdo era si la crisis había sido un accidente o un acto criminal. Yo defendía lo primero, pero la tesis del acto criminal es cada vez más popular. Al día siguiente, mi cuñado me manifestó su intención de participar en la ocupación de las Cortes que hay programada para septiembre. Y por la noche, cuando llamé a mi padre para ver cómo estaba pasando el verano, me informó de que todos los políticos son unos ladrones, “sin excepción”.

Tanta coincidencia me desconcierta. Llevo años escribiendo de la crisis (a veces tengo la sensación de que no he hecho otra cosa), pero eso no me confiere ninguna autoridad. A menudo me acuerdo de Gottlob Frege, un filósofo alemán que consagró su vida a demostrar que las matemáticas eran reducibles a la lógica. Cuando el segundo tomo de su obra magna estaba ya en la imprenta, Bertrand Russell le escribió una carta en la que le explicaba que había detectado en las páginas iniciales del primer tomo una inconsistencia que echaba por tierra toda su imponente construcción.

Quiero decir con esto que bien pudiera ser que sea yo quien esté equivocado. Así que, cuando vi en El Corte Inglés el libro Indecentes. Crónica de un atraco perfecto, de Ernesto Ekaizer, pensé que igual arrojaba luz sobre algún aspecto que a mí me hubiera pasado inadvertido.

Ya les adelanto que Ekaizer no es Russell, pero pone sobre la mesa argumentos dignos de consideración. “¿Sólo cuando la marea baja se sabe quiénes se forraron con esta orgía?”, se pregunta en la introducción. “No. Se sabía antes”. Políticos, banqueros y reguladores eran perfectamente conscientes de lo que se cocía en los balances de las entidades financieras, pero la obcecación ideológica y los intereses creados impidieron que se prestara atención a las numerosas Casandras que predijeron la catástrofe. Ekaizer menciona en concreto a Nouriel Roubini, Raghuram Rajan y los inspectores del Banco de España.

Empecemos por Roubini. En septiembre de 2006, este aún desconocido profesor de la Universidad de Nueva York anunció ante una selecta audiencia de economistas del Fondo Monetario Internacional que se avecinaba una grave tormenta. “El estallido de la burbuja inmobiliaria puede causarnos problemas en el sector bancario”, explicó. Esto no es ninguna novedad. El estallido de las burbujas inmobiliarias siempre causa problemas en el sector bancario. ¿En qué se basaba para sostener que esta vez iba a tener “efectos sistémicos”? Lo cuenta en Indecentes.“No hago previsiones de modo profesional”, dice. “No utilizo un gran modelo macroeconómico global. Incluso así digo que la probabilidad de una recesión es del 70%. Si me preguntan de donde saco ese porcentaje: pues a través de mi olfato, os seré muy honesto sobre esto. Si dices 50% eres un calzonazos, significa que estás inseguro. De modo que si tienes estómago para creer que va a haber una recesión, debes decir algo más fuerte que eso, y de ahí sale el 70%. Así que mi modelo es como una prueba de olfato o una prueba del pato. Si parece una recesión, camina como una recesión y grazna como una recesión, debe de ser una recesión”.

Coincidirán conmigo en que la prueba del pato no suena muy científica y no es disparatado que su audiencia ignorara el aviso, especialmente teniendo en cuenta la dilatada ejecutoria de Roubini como profeta de calamidades que nunca se materializan. Las malas lenguas dicen de él que “ha predicho 10 de las tres últimas recesiones”.

Mucho más rigurosa y sofisticada fue la denuncia que Rahguram Rajan lanzó por partida doble: como ponente de una mesa redonda en la reunión anual de banqueros centrales de Jackson Hole en 2005 y como economista jefe del FMI. A propósito de la primera, Rajan admite que el marco no era el más apropiado. La mesa redonda se titulaba El legado de Greenspany, con el mundo navegando viento en popa a toda vela, el debate se centró en si el presidente de la Fed “era el mejor banquero central de la historia o sólo uno de los mejores”.

Con el FMI le pasó lo mismo: nadaba a contracorriente. La Oficina de Evaluación del Fondo publicó en enero de 2011 un informe devastador sobre el papel de la institución en vísperas del colapso financiero (dio pocas señales claras de alerta, mantuvo un mensaje general de optimismo, ignoró los riesgos, etcétera) del que sólo Rajan se libra. “Contrariamente a la opinión dominante”, se lee en el informe, “Rajan observó que, en ciertas condiciones, la innovación financiera puede dejar a los países más expuestos a turbulencias”. Sus autores creen que debería haberse profundizado en la línea de investigación esbozada por Rajan en Jackson Hole, pero el Fondo se limitó a colgar el discurso en su web, omitiendo además el párrafo en el que se decía que el mercado interbancario podía paralizarse.

Ekaizer atribuye esta reacción a oscuros “intereses creados”, pero el propio Rajan se burla en Las grietas del sistema(Deusto, 2011) de las explicaciones que atribuyen la Gran Recesión a la avaricia de la banca y la ineptitud de los reguladores. No sólo le parecen simplistas, sino peligrosas, porque ignoran las verdaderas líneas de fractura que cruzan la economía mundial (la desigualdad creciente en Estados Unidos y los desequilibrios por cuenta corriente, fundamentalmente) y que siguen sin corregirse.

Por otra parte, ¿qué debía haber hecho el FMI? ¿Asumir la tesis de Rajan como oficial, pese a que cuestionaba una “opinión dominante” que compartía la abrumadora mayoría del mundo académico? Como ha recordado el Nobel Daniel Kahneman, a pitón pasado “todo parece obvio, pero […] había muchas personas muy inteligentes que analizaban la situación y conocían todos los datos y no predijeron la crisis”. ¿Eran todos indecentes?

Nos quedan los inspectores del Banco de España. En una carta enviada el 26 de mayo de 2006 al entonces vicepresidente Pedro Solbes, se desmarcaban del “cándido optimismo del gobernador [Jaime Caruana] ante la previsible evolución de la situación económica” y alertaban del “crecimiento desordenado del crédito”. Ante la incapacidad de satisfacer la demanda con ahorro interno, decían, los bancos estaban recurriendo a los mercados interbancarios de la eurozona y, si los tipos subían, cabía la posibilidad de que la financiación acabara siendo “sustancialmente más cara”.

El tiempo ha acabado dando la razón a la cautela de los inspectores, pero, si se fijan, tampoco auguraban un desastre, como Roubini o Rajan, sino un encarecimiento sustancial de la financiación. Era un riesgo indudable, pero tanto Caruana como Solbes lo valoraron y concluyeron que era asumible. Fue un error, un error grave incluso, pero ¿una indecencia? ¿Un homicidio negligente?

“Cuando un loco o un imbécil se convence de algo”, escribe Ortega y Gasset en España invertebrada, “no se da por convencido él solo, sino que al mismo tiempo cree que están convencidos todos los demás mortales”. El filósofo intentaba explicar así la interminable serie de pronunciamientos que jalonan la historia española del siglo XIX, pero no es un trastorno exclusivo de los espadones. A todos, civiles y militares, nos cuesta aceptar que los demás disientan de planteamientos que a nosotros se nos aparecen claros y distintos y, dada la imposibilidad metafísica de que estemoserrados, tendemos a atribuir su discrepancia a la deshonestidad o la obcecación.

Quizás ése sea el problema de Ekaizer. O el mío.

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