Cómo Krugman acabó peleado con el mundo

Es un disparate pretender que el Nobel no sabe economía, como se ha escrito en este país. Pero ni él mismo oculta que es una persona difícil. No tiene hijos, no tiene discípulos y apenas hace vida social.

 Cuando a mediados de los 90 empecé a leer a Paul Krugman (Albany, Nueva York, 1953) me sorprendió, lo juro, su serenidad. Todos sus juicios estaban sólidamente fundamentados en datos, no había ni una concesión a la ideología. Mientras a pie de calle aún seguían abiertas las barricadas de la Guerra Fría, Krugman se elevaba imperialmente sobre el debate, dominándolo con sus opiniones sensatas y ecuánimes. Se consideraba liberal en el sentido americano del término, es decir, socialdemócrata, pero defendía sin complejos la globalización y se reía de las 35 horas de Martine Aubry.

Entonces algo sucedió.

En 1999 el New York Times lo fichó como columnista y sus textos adoptaron un tono alarmantemente partidista. ¿Por qué? Hay varias teorías. La periodista Larissa MacFarquhar ha sugerido en el New Yorker que la radicalización se debe en parte a su segunda mujer, Robin Wells. Esta exalumna de doctorado edita todo lo que Krugman escribe. Empezó a hacerlo, dice, porque ambos concluyeron que tenía más talento para la divulgación. Esto es absurdo. Krugman puede tener muchos defectos, pero siempre se le ha entendido todo. El propósito de Wells era más bien otro. No pretendía que pareciera más accesible, sino “más irritado”. “Hace poco”, cuenta MacFarquhar, “[Krugman] le pasó el borrador de un artículo […]. Había escrito: ‘En la gestión de la crisis, Obama no recibirá ninguna ayuda de los republicanos’, y ella añadió la siguiente frase: ‘Peor todavía, sólo obtendrá obstrucción y mentiras”.

Wells odia a la derecha. Cuando Ronald Reagan ganó las elecciones se mudó a Inglaterra y MacFarquhar cree que es ella quien insta a su marido a “indignarse”.

Pero la verdad es que Krugman ha sido siempre bastante bueno indignándose. Lo único que ha variado con el tiempo es el blanco de su indignación: Martine Aubry, los republicanos o Pedro Schwartz. Durante la conferencia que Krugman dio en la Fundación Rafael del Pino, a Schwartz se le ocurrió recordar que lo habían galardonado por sus trabajos sobre comercio internacional y que “los premios Nobel pontifican a menudo sobre asuntos ajenos a su especialidad”.

Es un argumentotemerario. Primero, porque Krugman es autor de un manual de Macroeconomía. Segundo, porque si uno sólo pudiera hablar de los temas en que es Nobel no podríamos abrir la boca. Y tercero, porque nadie le suelta impunemente esas cosas a Krugman en la cara.

“Déjeme hacer alguna puntualización”, empezó Krugman cuando el moderador le devolvió la palabra. El tono ya daba miedo. “Resulta desalentador comprobar cuánta gente ha intentado en esta polémica empañar las credenciales ajenas, dando a entender que se carece de categoría intelectual. No es el modo adecuado de debatir…”

Schwartz [entre sorprendido e indignado]: “¿Quién lo ha hecho?”

Krugman [muy tranquilo]: “Usted, ciertamente”.

Schwartz: “¡En absoluto! […] ¡No le he hecho de menos!”

Krugman: “Claro que me ha hecho de menos”.

ASIMOV. La madre de Krugman ha declarado alguna vez que “siempre fue un niño muy tímido” y que está “sorprendida de su transformación”. Me imagino que lo habrá visto en alguna televisión, fajándose con el Schwartz de turno. Ahí ha adquirido tantas tablas que no lo reconoce ni la madre que lo parió.

Pero al bajarse de cada escenario, Krugman vuelve a ser el mismo adolescente introvertido que devoraba novelas de ciencia ficción en un suburbio obrero de Long Island. Cuando hablas con él rara vez te mira a los ojos, y buena parte de los 45 minutos de entrevista que me ha concedido se los pasa retorciéndose nerviosamente las manos. Empiezo preguntándole por Isaac Asimov, porque al parecer la lectura de Fundación fue decisiva en su vocación. Le fascinó la idea de salvar a la humanidad, pero no como Supermán (es más bien menudito), sino desentrañando las leyes que rigen la sociedad y reorientándola en la dirección adecuada, como el psicohistoriador Hari Seldon hace en la saga de Asimov. Quiso de hecho cursar historia, “pero trata mucho de los qué y muy poco de los porqué”, dice, “y me di cuenta de que, si quería convertirme en Seldon, lo más a mano que tenía era la economía”.

La afición a la ciencia ficción lo llevó a escribir, cuando aún era profesor ayudante, La teoría del comercio interestelar, un artículo en el que intenta determinar qué precio debe aplicarse al transporte cuando se desarrolla a la velocidad de la luz. “Esto es un problema, porque la duración será menor para un observador que viaje con la carga que para un observador externo”, explica en el sumario. A continuación efectúa uno de esos alardes matemáticos que, como alguien ha escrito, “hacen que la escolástica medieval parezca accesible y hasta divertida”; enuncia dos teoremas, y concluye: “Los que trabajamos en este campo somos pocos, pero sabemos que la Fuerza nos acompaña”.

Krugman escribió esta parodia de los típicos papers académicos (“un modo serio de abordar un tema ridículo, o sea, lo contrario de lo que solemos hacer en economía”) por puro entretenimiento, pero también porque, a la venerable edad de 25 años, sentía que su carrera se había estancado.

Como pasaba con sus cargueros galácticos, era un asunto de distinta percepción del tiempo, porque para un observador externo su carrera viajaba a la velocidad de la luz. Un par de años después, ya había culminado la investigación por la que recibiría el Nobel y se había incorporado al Consejo de Asesores de Reagan. Los republicanos aún no le producían escalofríos. Sólo le parecían patéticos. “El secretario del Tesoro Donald Regan no era especialmente brillante”, ha recordado en el New Yorker, pero no saquen conclusiones precipitadas sobre Regan. Para Krugman, nadie es especialmente brillante. Esa es la categoría en la que incluye por defecto a la mayoría de la humanidad.

La otra gran categoría es la de los archienemigos, que ya hemos visto que varían con los años y que en aquella época eran Lester Thurow y Robert Reich. Estos dos economistas habían publicado una serie de bestsellers en los que proponían restringir el comercio para impedir que las exportaciones japonesas aplastaran a Estados Unidos. Ni Thurow ni Reich gozaban de gran prestigio. Al primero se le conocía como LessThanThorough (menos que riguroso), y pocos académicos se molestaban en rebatir sus tesis.

Pero de todas las especialidades del mundo tuvieron que meterse en la misma que Krugman, y los destrozó.

NOBEL. Cuando Krugman decidió dedicarse al comercio internacional, muchos colegas intentaron disuadirlo: era un área agotada, no quedaban aportaciones que hacer… La ventaja comparativa de David Ricardo explicaba razonablemente bien por qué se comerciaba: era un conveniente intercambio entre países distintos. Reino Unido, una nación densamente poblaba y con abundante capital, pero sin apenas tierra, exportaba manufacturas e importaba materias primas de países en los que sobraba tierra y faltaba capital. Las compras a sus vecinos europeos eran escasas, porque hacían artículos similares. Reino Unido necesitaba trigo y té, no ropa y coches.

En este universo de actividades complementarias, la idea de crear el Mercado Común parecía un dislate. Lo acertado era la división del trabajo de la Commonwealth, donde cada socio tenía una especialidad diferente. La liberalización del comercio en Europa causaría un seísmo, reasignando sectores enteros.

Pero el desastre no se consumó. Es más, Reino Unido había acabado integrado en una Unión cuyos socios se ganaban la vida vendiéndose unos a otros bienes que podían fabricar y que, de hecho, fabricaban: coches, lavadoras, televisores… ¿Cómo era posible?

Algunos autores habían teorizado que, al aumentar la producción, se obtenían economías de escala que permitían rentabilizar no ya una manufactura (los coches), sino una variedad (los coches de lujo). Pero había que coger esa intuición y ponerle patas. Es lo que hizo Krugman. Elaboró un elegante modelo que explicaba por qué los alemanes vendían Mercedes a los franceses y los franceses Citroën a los alemanes. En julio de 1979 lo leyó en el National Bureau of Economic Research. “La hora y media que duró la presentación”, recordaría más tarde,“han sido los mejores 90 minutos de mi vida”.

VIDA NUEVA. Cuando en 2008 Krugman recibió el Nobel, llevaba algún tiempo sin publicar investigacionesdel máximo nivel. “La carrera académica está sujeta a rendimientos decrecientes”, dice. “Hasta Paul Samuelson, que ha sido el economista moderno más productivo, después de los 50 años se limitó a comentar su investigación previa. Es muy difícil sostener el esfuerzo creador y muchos inician una nueva vida. Se hacen rectores, consultores o, como yo, periodistas a tiempo parcial”.

Krugman empezó pronto a colaborar en revistas como Foreign Affairs o Slate, y en 1990 sacó un libro de divulgación, La era de las expectativas limitadas. En él hacía algunas controvertidas afirmaciones sobre la desigualdad en Estados Unidos, de cuyo aumento culpaba a Reagan, pero en general se movía dentro de la ortodoxia liberal. El capitalismo era mejorable, pero, como Robert Lucas, creía que Occidente había domado el ciclo y que el problema de las recesiones estaba “resuelto a afectos prácticos”.

Las crisis de Asia y Rusia lo obligaron a reconsiderar su opinión. El problema de Japón o Tailandia no era la corrupción (“el capitalismo de amiguetes”), sino el retorno de la Gran Depresión. Sus bancos centrales se habían visto impotentes para relanzar la actividad y había que desempolvar el viejo arsenal keynesiano de los estímulos fiscales.

Aquellas afirmaciones sonaron como una blasfemia en medio de la homilía dominical, y la reacción de sus colegas puso a Krugman aún más a la defensiva de lo que ya lo está por naturaleza. Corrían tiempos convulsos en Estados Unidos. Bill Clinton acababa de escapar al impeachment por los pelos y George Bush y Al Gore iban protagonizaruna de las campañas más crispadas de la historia reciente. “Yo tenía aquella columna del New York Times, los republicanos mentían sin parar y nadie los denunciaba”, dice Krugman. “¿Cómo podía mantenerme al margen?”

Por fin iba a salvar la Galaxia. Como Luke Skywalker, se lanzó a bordo de su columna contra la Estrella de la Muerte.

CONJURA.Incluso quienes siempre hemos sentido debilidad por Krugman, tenemos muchas dificultades para justificar algunos de sus excesos posteriores a 1999. En El Gran Engaño (2004) denuncia una conjura de la derecha para llevar a cabo una revolución en Estados Unidos, pero no en el sentido light que le daba Reagan, sino en el totalitario de “la Francia de Robespierre y Napoleón”. Una especie de Cuarto Reich, vamos.

También ha aprovechado la crisis para ajustar cuentas con la escuela neoclásica, dando a entender que la defensa de la desregulación por alguno de sus colegas no ha sido ajena a “las becas sabáticas de la Hoover Institution”, un think tank conservador.

Incluso el tono con el que reclama más estímulos fiscales es poco pertinente. “Las causas de nuestro sufrimiento son relativamente triviales”, escribe en ¡Acabad ya con esta crisis!, “y se podrían solucionar con relativa rapidez […] si en los puestos de mando hubiera suficientes personas que comprendieran la realidad”. Como dijo una vez Lawrence Summers, otro gran ego de la economía contemporánea: “Los idiotas existen. Mire a su alrededor”.

Es absurdo pretender que Krugman no sabe macroeconomía. Sus críticas a la austeridad son hoy compartidas por buena parte de la profesión y la clase política. Pero ni siquiera él oculta que es una persona difícil. Leva una existencia gris y apartada. No tiene hijos, no tiene discípulos, apenas hace vida social. El periodista Benjamín Wallace Wells le ha dedicado un perfil en el New York Magazine titulado La solitaria cruzada de Paul Krugman. En un momento dado, le plantea si no cree que tanta reclusión le podría haber afectado. “Cuando no se mantiene un contacto regular con gente con la que se discrepa, se acaba por adoptar posiciones extremas”, le dice.

“Es posible”, responde Krugman. “Pero trabajo con datos y son un ancla muy poderosa”. Como a Hari Seldon, le bastan sus matemáticas para salvarnos de nosotros mismos.

Publicado en Actualidad Económica en agosto de 2012.

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2 Respuestas a “Cómo Krugman acabó peleado con el mundo

  1. Sensacional… he seguido la recomendación de @Uriondo sobre este blog, y me parece fascinante lo bien que te explicas. Muy amplio todo, pero fácil de leer…
    Será un placer seguirte Miguel
    Un saludo

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