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¿Qué ha pasado en este país durante los últimos 40 años? ¿Hemos sido víctimas del saqueo sistemático de una trama o somos, por el contrario, los protagonistas de una historia de éxito? Los datos no dejan lugar a dudas.

El régimen del 78 se muere. De hecho, esta es su “última legislatura” (Carolina Bescansa) y, como esos hijos ingratos que se arremolinan a las puertas de la UCI para cuchichear bajezas del padre agonizante, en Podemos han empezado a despellejarlo. La diferencia es que ellos no lo hacen en susurros. Fletan autobuses para pregonar a los cuatro vientos la verdad. Al contrario de lo que nos habían enseñado, la Transición no fue un proceso modélico, sino un trágala mediante el que “la trama ha sido capaz de transformarse para seguir mandando” (Pablo Iglesias).

Esa red organizada, que conecta a los omnímodos empresarios del Ibex con políticos, jueces, periodistas y borbones, se ha “apoderado por la fuerza de la cosa pública” y se dedica a “explotar y dominar a la colectividad”(Manolo Monereo). No vivimos en un sistema democrático salpicado por episodios de corrupción, sino en un sistema corrupto salpicado por episodios de democracia. Votamos, sí, y nos permiten manifestarnos, también, pero los resortes verdaderos los controlan “unos pocos” que “durante los últimos 40 años” han puesto “las instituciones al servicio de sus cuentas corrientes y sus amigos y han arrasado con todo” (Luis Alegre).

La sanidad y la educación se han desmantelado, los activos públicos se han malbaratado y una desigualdad “insoportable” (Oxfam), que concentra cada vez más patrimonio en manos del 1%, ha condenado a las generaciones actuales a “vivir peor que las de sus padres, a pesar de disfrutar de un mayor avance tecnológico” (Eduardo Garzón).

¿Tan mal nos ha ido desde la muerte de Franco?

Convergencia

En términos agregados,existen pocas sociedades que hayan protagonizado un desarrollo tan intenso como la española. “En 1950”, dice Miguel Marín, director de Economía de FAES, “nuestra renta per cápita apenas suponía el 20% de la estadounidense. Hoy ronda el 70%. Hemos recortado casi 40 puntos porcentuales. Solo cinco países lo han hecho mejor”.

Ciñéndonos al periodo controlado por “la trama”, entre 1978 y 2015 el producto interior bruto se multiplicó por 2,5.

No está mal. Ni Italia ni Francia ni Alemania ni Estados Unidos presentan un registro similar. Pero los propios expertos son conscientes de que el PIB “es una medida burda de progreso económico, y aún más tosca de bienestar”, como señala el historiador de la Carlos III Leandro Prados de la Escosura. Por mucho que crezca la riqueza, si la población lo hace más deprisa, se acaba siendo más pobre.

No es el caso de España. Entre 1978 y 2008, la renta per cápita se duplicó. La Gran Recesión la contrajo “un 11% entre ese año y 2013”, dice Prados de la Escosura, “pero, así y todo, en 2015 su nivel era superior en un 83% al de 1985, cuando España ingresó en la Unión Europea”.

Una vez más, podría objetarse que el PIB por habitante no deja de ser una mera abstracción: coges la producción y la divides por la población, sin tener en cuenta cómo esa producción está distribuida, y te puede ocurrir lo que decía George Bernard Shaw: “La estadística es una ciencia que demuestra que, si mi vecino tiene dos coches y yo ninguno, los dos tenemos uno”.

Para obtener un panorama más fidedigno del bienestar es preciso determinar cómo se ha comportado la desigualdad. Ya hemos visto que, según Oxfam, ha alcanzado una magnitud “insoportable”, pero Marín advierte que “es un concepto complejísimo. En función de lo que midas y de cómo lo midas, te sale un dato u otro. Por ejemplo, si atendemos a la riqueza [los activos que se poseen en un momento dado], España es el segundo país más igualitario de la UE-15,debido a la extensión de la vivienda en propiedad”.

Con el gasto pasa lo mismo. En “Pobreza, desigualdad y movilidad en España”, el sociólogo de la Complutense Juan Carlos Rodríguez escribe que “en la clasificación según la desigualdad de consumo España ocuparía un lugar medio-bajo”, codo con codo con Suecia o Dinamarca.

Pero el catedrático de la Complutense Julio Carabaña considera que, en materia de distribución, lo relevante es la renta. “La riqueza es mucho menos importante”, explica, “porque la mayor parte de los ingresos [del ciudadano de a pie] proceden del trabajo”, y no del rendimiento de tierras, minas, casas, máquinas, acciones, etcétera. En cuanto al consumo, “el ahorro y los préstamos lo hacen más estable en el tiempo”, encubriendo situaciones muy dispares.

¿Y qué ha pasado con la desigualdad de ingresos? Cuando se disponen los datos a lo largo del tiempo, Carabaña admite que “es difícil negar que la primera impresión es de constancia”.

“Desde principios de los años 60”, observa asimismo Prados de la Escosura, “se ha mantenido entre el 30 y el 35 en la escala de Gini”. Esta medida sintética oscila entre 0 y 100, siendo 0 la igualdad perfecta (todos los individuos reciben la misma porción de la tarta) y 100 la máxima desigualdad (uno se queda con todo). De los 28 miembros de la UE, Islandia (23,6), Eslovaquia (23,7) y Noruega (23,9) eran los más igualitarios en 2015. La media era de 31 y España (34,6) estaba la sexta por la cola, delante de Estonia, Letonia, Bulgaria, Rumanía, Lituania y Serbia.

Pese a lo mal que quedamos en la foto de familia más reciente, estamos lejos de cualquier máximo histórico. “La gente se lleva las manos a la cabeza”, dice Prados de la Escosura, “pero hemos vuelto al punto en que nos dejó Felipe González”.

“Durante la Gran Recesión la desigualdad ha aumentado”, señala Carabaña, “eso no se puede discutir. Lo que sí se puede discutir es el calificativo y no estamos en una situación alarmante. Es la misma desigualdad que en 1991. Además, el repunte desde 2003 apenas ha sido mayor que su descenso hasta entonces, un descenso del que nadie pareció darse cuenta”. Y concluye: “Los clamores por el aumento de la desigualdad durante la crisis no deberían ser mayores que las celebraciones por su descenso”.

La estabilidad es todavía mayor cuando se analiza la porción del pastel que se queda el 1% más rico. “A principios de los 80”, escribe Juan Carlos Rodríguez, “le correspondía algo menos de un quinto de la riqueza total (un cuarto, si excluimos las propiedades inmobiliarias). Esa proporción cayó suavemente a lo largo de los 80 y primeros 90, pero volvió a crecer desde la segunda mitad de los 90, hasta situarse en niveles algo superiores (o similares, si incluimos la vivienda) a los del principio de la serie”.

Conclusión: la distribución se ha mantenido básicamente constante y cabe, por tanto, esperar que el crecimiento experimentado desde 1978 haya beneficiado más o menos a todos por igual. Eso es justamente lo que reflejan tanto la remuneración por asalariado como el consumo por persona.

Tampoco la pobreza se ha disparado. Si se mide relativamente (es pobre todo el que gana menos del 60% de la renta mediana), “hemos pasado del 20% al 22% de la población durante la crisis”, dice Carabaña. “No es gran cosa”.

Cuando se usa un umbral objetivo, como los 6.000 euros al año, la fluctuación es más acusada. “La tasa era del 20% en 1993, cayó al 10% en 2007 y ha repuntado ahora al 15%”. No es un buen dato, pero conviene contemplarlo en perspectiva. “Aunque no disponemos de un indicador similar para los años 70, la proporción debía de andar entre el 30% y el 40%”.

Prados de la Escosura aporta una evidencia adicional de que la prosperidad del país no ha sido el espejismo estadístico que satirizaba Shaw. Tras ajustar la renta per cápita con el Gini de ingresos, obtiene un indicador cuya progresión prácticamente se solapa con la de la propia renta per cápita . “En definitiva”, escribe, “puede concluirse que, en el caso de España, el PIB por habitante capta las tendencias a largo plazo del bienestar”.

Salud, pensiones, educación

Hoy somos el doble de ricos que hace cuatro décadas, pero ese notable avance es solo un aspecto de la mejora. “A finales de los 70 teníamos una Seguridad Social incipiente”, explica Raymond Torres, jefe de Coyuntura de Funcas. Algo más de cuatro millones de personas percibían una pensión y la cobertura sanitaria estaba vinculada al empleo. Hoy hay casi 10 millones de pensionistas y la sanidad es prácticamente universal.

“El salto en salud ha sido cuántico”, dice Francisco Pérez, director de Investigación del Instituto Valenciano de Investigaciones Económicas. “Nadie niega que haya listas de espera, pero la atención es muy buena, y así lo manifiestan los usuarios en las encuestas de satisfacción”.

Y no se trata de una mera impresión subjetiva. Los resultados objetivos son igualmente brillantes.

“La esperanza de vida se ha incrementado más de un 10% por década”, subraya Rafael Doménech, responsable de Análisis Macroeconómico de BBVA Research. Los españoles y los suizos son los europeos que más viven: 83 años. Es verdad que en el último año se ha producido un mínimo retroceso, pero la revista The Lancet destacaba en abril que las españolas que nazcan en 2030 alcanzarán los 88 años,una longevidad únicamente superada por las surcoreanas, las francesas y las japonesas.

Finalmente, “entre 1950 y 1990 nuestra educación fue la segunda que mejor se comportó en todo el mundo”, dice José Manuel Lacasa, director del IFIE. “En términos de inclusión, fue un éxito. A partir de 1976, tras la financiación habilitada en los Pactos de la Moncloa, no quedó ningún menor de  14 años sin escolarizar. Muchos de ellos llegarían a la universidad por primera vez en la historia de sus familias”.

Este legado “ha aguantado además bastante bien los efectos de la crisis”, comenta Doménech. “Los ajustes de 2010 y 2013 supusieron la reversión de los aumentos de 2008 y 2009, pero en 2015 el gasto público en sanidad y educación se encontraba por encima de los niveles de 2007”.

“Una de las razones de que nuestra deuda esté donde está”, observa Francisco Pérez, “ha sido precisamente el empeño por preservar el estado de bienestar. Ha habido recortes, pero la idea de que se ha desmantelado es tremendista y exagerada”.

El modelo

El discurso de Podemos insiste en que las reformas estructurales del PP se reducen a un abaratamiento de los salarios que está descapitalizando España y asimilando su modelo productivo al del Tercer Mundo, que descansa en “pauperizadas condiciones tecnológicas y salariales”. Nada más lejos de la realidad.

“Para que un país se desarrolle”, explica Francisco Pérez,“debe reinvertir una parte de sus rentas en carreteras, ferrocarriles, puertos,naves, maquinaria, vivienda… De ese capital depende la productividad y, por tanto, el bienestar a largo plazo”.

Si España estuviera gobernada por una trama que hubiera “arrasado” con todo, ese proceso de acumulación no se habría verificado o habría sido muy modesto. Sin embargo, como muestra el documento Inversión y stock de capital en España de la Fundación BBVA, “pese a los efectos de la crisis, la inversión en el año 2014 era […] cinco veces la realizada en plena etapa de fuerte crecimiento de los años 60”. En relación con el PIB, se situó en el 24% para el periodo 1964-2014. “Un porcentaje tan elevado es más propio de países en desarrollo que de economías avanzadas como la española. De hecho, se encuentra próxima a tasas asiáticas como las de China, Corea del Sur o India, y es muy superior a las de Alemania, Francia o Reino Unido”. Como consecuencia de este esfuerzo, “el stock de capital neto real era en 2013 seis veces mayor que en 1964”. España cuenta con “unas dotaciones de capital por habitante algo menores que las de Alemania, Italia y Francia, pero superiores a las del Reino Unido”.

En cuanto al modelo productivo, el relato podemita sostiene que España es una economía de bajo valor añadido: mucho sol y playa, bastantes frutas y hortalizas y algo de motor y textil, porque el calzado y los juguetes se los han quedado los chinos. Pero cuando se realiza un examen sosegado de nuestra cesta de exportaciones, se aprecia que más de la mitad de nuestras manufacturas tienen un contenido tecnológico alto o medio-alto, como señala Fortalezas competitivas y sectores clave en la exportación española (Instituto de Estudios Económicos, 2013). Además de vino, ganado, caucho y madera, vendemos coches, productos químicos, medicinas, ropa y máquinas. Y en servicios no turísticos, como finanzas, informática, telecomunicaciones o consultoría, hemos dado un salto formidable. Y no competimos precisamente por precio: más de la mitad de los sectores clave de nuestras exportaciones son de “elevada sofisticación”. Por eso, a pesar de la inflación, de la fortaleza del euro y de la irrupción asiática, nuestras ventas al exterior llevan décadas creciendo. En 2017 lo hicieron un espectacular 8,9% y, aunque este año han acusado el brexit y las tensiones entre Estados Unidos y China, la progresión continúa y marcaremos un nuevo récord, superando los 280.000 millones de euros.

“Somos una economía bastante diversificada por productos, por destinos y por empresas”, dice Doménech, “y esto se manifiesta en que antes, durante y después de la crisis hemos aumentado el ratio de exportaciones sobre el PIB y hemos mantenido la cuota en el comercio internacional. Eso lo han logrado muy pocos. En la UE, Alemania y Holanda. Pero Francia, Reino Unido, Japón y Estados Unidos han retrocedido ante el empuje de los emergentes. Si a nosotros no nos han arrinconado es porque hemos sabido modernizar nuestro aparato productivo”.

Complacencia

“El balance de lo que Podemos llama el régimen del 78 no puede ser sino positivo”, asegura Francisco Pérez. “El desarrollo ha sido clarísimo, en todos los frentes, se mire como se mire. Ha habido frenazos, incluso retrocesos, y en la última década hemos asistido a uno enorme. Pero deducir de la Gran Recesión que el modelo está agotado carece de fundamento. De hecho, llevamos cuatro años creciendo con fuerza. El sistema no solo ha generado bienestar en el pasado, sino que va a seguir generándolo en el futuro”.

“Mirado globalmente”, coincide Raymond Torres, “los avances son innegables”.

“Nos encanta machacarnos”, opina Miguel Marín, “pero somos la decimocuarta potencia por PIB. Estamos ahí con Australia, Corea del Sur y Canadá, que no son naciones de segunda división”.

“España es una historia de éxito”, sostiene Doménech. “Ahora bien”, matiza, “no podemos caer en la complacencia. Queda mucho por avanzar en productividad, en empleo, en igualdad de oportunidades y en capital humano”.

“Con la Logse [la Ley Orgánica General del Sistema Educativo que se aprobó en 1990] el progreso en educación se estancó”, observa José Manuel Lacasa. “No ha habido un desplome, caemos un poco. Pero como los demás han seguido avanzando, nos hemos quedado rezagados. Y quienes más están sufriendo las consecuencias son las clases bajas. El ascensor social se ha averiado”.

También es esencial mejorar la eficiencia de la Administración y, por supuesto, erradicar la corrupción. “Las reivindicaciones populistas no son siempre desatinadas”, advierte Doménech. “No conozco a nadie que esté a favor de la pobreza y la injusticia. Ahora bien, hay que combatirlas con las políticas adecuadas y cuidando de preservar lo que funciona”.

“Sería suicida deshacer lo que tan bien nos ha servido durante cuatro décadas”, concluye Torres.

Nota. Este post es una versión puesta al día de un reportaje publicado en la revista Actualidad Económica en junio del año pasado. Pido disculpas por la calidad de los gráficos, que obviamente no son lo mío…

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